Chloe

Chloe

sábado, 26 de diciembre de 2015

EN EL RELLANO DE MI VECINA ANGELINES

En cierta ocasión, alrededor del mediodía, a principios de la primavera, yo me encontraba en la terraza de mi casa, jugando, cuando escuché la voz de mi vecina Angelines, en la calle, junto al portal, decirle a su hijo Paquito que se quedase a jugar un rato mientras ella subía a casa y terminaba de preparar la comida, pero le advirtió muy seriamente:


* Que no escuche yo que alguien te llama la atención, porque como así sea, te subo “pa” casa y te lo explico con la zapatilla. ¿Estamos?


* Sí, mamá –respondió Paquito.


Y así quedó el asunto. Claro que, cuando escuché la amenaza de Angelines, me entró una especie de temblor nervioso, deseando que alguna vecina regañara a Paquito y que Angelines cumpliera su promesa.


Tal vez alguna de las vecinas del bajo protestarían si Paquito se pusiera a corretear por el jardín, como era lo acostumbrado, pero pasaron unos minutos y Paquito estaba cumpliendo la promesa de que ninguna vecina le llamase la atención, cuidándose mucho de no pisotear el césped, porque ya sabía que la señora Trini, la del bajo izquierda, estaba siempre al acecho para llamar la atención a cualquiera que se atreviera a pisar el jardín. Más de una azotaina nos habíamos llevado por su culpa y Paquito no quería ser el siguiente.


Pero claro, pasados unos minutos más, con el ímpetu del juego, varios niños cruzaron por el jardín, correteando el uno detrás del otro, revolcándose por el césped y Paquito con ellos. No pasaron ni veinte segundos cuando se escuchó la voz de la señora Trini llamándoles la atención. Ya se encargaba ella de gritar lo suficientemente alto como para que cualquier madre la escuchara protestar y tomara cartas en el asunto.

La señora Trini disfrutaba con ello.


Y allí estaba yo, asomado al balcón de mi casa, mirando lo que estaba ocurriendo, escuchando la regañina de la señora Trini y rezando para que Angelines la oyera, viera a su hijo tumbado en el jardín y cumpliera su amenaza. Algunas veces había bajado a la calle en zapatillas y allí mismo había comenzado a sacudirle zapatillazos a cualquiera de sus hijos que le hubiera tocado ser la víctima ese día. De ahí mi inquietud, esperando ser público privilegiado de una nueva tunda con la zapatilla de Angelines.


No sé si era por mi nerviosismo, pero los segundos que tardó Angelines en asomarse a su terraza, me parecieron eternos. Efectivamente Angelines se había enterado de todo y asomada como estaba, le dio una orden a Paquito, que ni el peor de los sargentos.


* ¡PAQUITOOO! ¡SUBE INMEDIATAMENTE!


Desde mi lugar pude distinguir cómo se le helaba la sangre a mi vecinito, quedándose completamente paralizado al oír a su madre ordenarle que subiera. Puedo decir que el enrojecimiento de su cara, fruto de los juegos, empalideció súbitamente. Y Angelines, impaciente, volvió a gritarle.


* ¡QUE SUBAS, TE DIGO! ¡QUE TE VAS A ENTERAR BIEN “ENTERAO”!


Al segundo grito de su madre, Paquito reaccionó y comenzó a llorar, sabiendo la que se le venía encima, a la vez que emprendió el camino hacia su casa, lentamente, como si quisiera retardar lo máximo posible la paliza que le aguardaba al llegar a casa…


Ya os podéis imaginar mi excitación. En cuanto mi vecinito entró al portal me di la vuelta, salí de mi terraza, crucé el salón sigilosamente y aprovechando que mi madre estaba cocinando con la radio puesta, para que no se diera cuenta, cerré suavemente la puerta de la cocina y me dirigí hasta la puerta de entrada de mi casa.

Cerré también la puerta del recibidor para aislar cualquier ruido que se pudiera producir y comencé a abrir la puerta de entrada con muchísimo cuidado. Me temblaban las manos y mi excitación iba en aumento.


Una vez fuera de mi casa, dejé la puerta entornada y suavemente me deslicé por las escaleras hasta poder ver el rellano y la puerta de Angelines. Como yo vivía en el último piso, la pared que separaba las escaleras en el último tramo, la habían hecho hasta una altura de aproximadamente un metro y medio. Era una especie de murete que, a modo de gran barandilla, permitía ver el otro tramo de la escalera y casi la totalidad del rellano de abajo, incluyendo la puerta de la casa de Angelines, con lo que mi visión era casi perfecta.

Además, podría observar sin ser visto.


Mi expectación iba en aumento y al poco tiempo comencé a escuchar las pisadas de Paquito subiendo las escaleras, lentamente. Miraba a la puerta de su casa, pero seguía cerrada. Parecía como si Angelines estuviera calculando el tiempo que su hijo tardaría en subir las escaleras para abrirla o tal vez estuviera tras la puerta esperando la llegada de su víctima, quitándose la zapatilla para estar dispuesta y acomodándosela bien en la mano para liarse a zapatillazos nada más abrirla, como tantas otras veces la vi hacer. Esa incertidumbre, esa especie de retraso, me estaba poniendo cardíaco. Se me disparaba la imaginación intentando adivinar qué estaría haciendo Angelines tras aquella puerta.


Y por fin, cuando a Paquito le faltaba sólo un tramo de escaleras por subir, se abrió la dichosa puerta.

Pero… ¡Qué rabia! No veía a mi vecina. Se había quedado tras el hueco de la entrada, esperando en el interior, en el recibidor, seguramente sujetando el pomo con una mano y la zapatilla con la otra, esperando a que llegase el momento oportuno de utilizarla y yo ¡no podía verla!


Ese momento estaba a punto de llegar, pero era Paquito el que no lo hacía. Se había detenido varios escalones antes, al escuchar abrirse la puerta de su casa. Seguía queriendo retrasar lo inevitable. Hasta que Angelines, impaciente, harta de esperar a su hijo, se decidió a salir al rellano.

Y allí estaba la dueña de mis sueños. La reina de la zapatilla. La maestra de las azotainas, con un semblante dominador de poderío absoluto, “animando” a su hijo a terminar de subir aquellas escaleras.


Vestía una falda oscura y una blusa clara, cubiertas por su típico delantal. Aún no se había cambiado de ropa. Ni siquiera se había quitado las medias. Incluso se había calzado las zapatillas en chancleta, con la tela del talón doblada y aplastada por sus pies. Unas zapatillas de paño aterciopelado de color azul marino, rematadas con un bordado en forma de ramas, de suela al estilo inglés, de goma amarilla maciza pero muy flexible, como de un centímetro de grosor en la planta y de poco más de un centímetro y medio en la zona del talón, conformando una pequeña cuña.



Todos conocíamos perfectamente tanto el picor como el escozor que nos proporcionaban los zapatillazos de Angelines cuando usaba aquellas zapatillas. Por eso mi excitación aumentó cuando la escuché.


* ¡PAQUITOOO! ¡¡¡SUBE YA!!!


Y a poca distancia se pudieron escuchar los sollozos del pobre Paquito, sabedor de que había llegado a su destino y de que su madre sería mucho más dura con él, si se retrasaba demasiado. Ésa era una lección que todos y cada uno de los que habíamos pasado por la zapatilla de Angelines, habíamos aprendido.


Definitivamente, Paquito llegó al rellano. Yo suponía, como casi siempre, que Angelines se limitaría a darle unos cuantos zapatillazos allí mismo y que posteriormente se lo llevaría al interior de la casa, cerrando la puerta tras de sí, para propinarle la habitual paliza que tenía por costumbre dar fuera del alcance de miradas indiscretas; pero esta vez me sorprendió muy gratamente.


Asomado como estaba yo, desde lo alto del último tramo de escaleras y perfectamente escondido tras aquel pequeño murete, era un espectador de excepción, aunque por un instante estuve a punto de ser descubierto por Angelines, ya que miró hacia todos lados, como si comprobara la ausencia real de testigos. Entonces me agaché e intenté dominar mi respiración, que se había alterado ostensiblemente, tanto o más que mi nerviosismo, para que no se diera cuenta de que estaba allí.


La voz de Angelines volvió a resonar, dominante e intransigente.


* ¡VEN AQUÍ! –Le ordenó sin moverse ni un palmo de donde estaba.


Su hijo estaba paralizado. No sabía qué hacer. Ni siquiera podía moverse ante la orden explícita de su madre. El miedo le tenía atenazado.


* ¡Que vengas aquí, te digo! –Insistió Angelines-. ¡Y quítate las gafas! –Le ordenó.


* No mamá, por favor…


* ¡Que me des las gafas! –Volvió a ordenarle, apoyando sus manos en la cintura y dando pisaditas de impaciencia en el suelo.


De nuevo Paquito volvió a lloriquear, pero sabía que si no obedecía a su madre, la paliza iba a ser aún mayor, así que, tembloroso y sollozante, alcanzó a quitarse las gafas y se las acercó a Angelines que, con un rápido gesto las agarró y se las guardó en uno de los bolsillos del delantal.


Inmediatamente después, sacó el pie derecho de su zapatilla con un rápido movimiento de delante hacia atrás, dejándola dispuesta para utilizarla. Paquito, al verlo, intentó retroceder pero su madre fue más rápida.




* No mamá, no me pegues –Suplicó.


Pero de nada le sirvió. Angelines se agachó velozmente para recoger la zapatilla y acomodársela perfectamente en su mano derecha y aprovechando la inercia de su movimiento al levantarse, ante la distancia que su hijo había recuperado dando aquel pasito para atrás, lanzó su primer zapatillazo que llegó a impactar en la mejilla izquierda de Paquito, volteándole brutalmente la cara y dejándole marcada la suela de la zapatilla en pleno rostro.


Inmediatamente después, sin darle tiempo de reacción a mi vecinito, la zapatilla de Angelines impactó de nuevo en su cara, volteándosela una vez más y remarcando la señal que ya tenía.





Y mientras le daba un zapatillazo tras otro en la cara y en la cabeza, no paraba de decirle:


* Estoy harta… (Plas) de que las vecinas… (Plas, plas) me llamen la atención… (Plas, plas) por tu culpa. (Plas, plas plas).


El pobre Paquito, ante el ímpetu de los zapatillazos que le estaba dando su madre, intentó cubrirse la cara y la cabeza, pero ella seguía implacable, lo que le hizo tropezar y caer al suelo.


En aquella situación, Angelines se abalanzó sobre él y continuó dándole zapatillazos por donde le apetecía.

Le daba en la espalda, en los brazos… La zapatilla buscaba su cara y cuando no la encontraba se dirigía a los brazos, pero Paquito terminó de caer al suelo completamente, lo que su madre aprovechó para marcarle la zapatilla en los muslos tras un sinfín de zapatillazos.


Estaba fuera de sí. Respiraba abruptamente, agitada como estaba con la paliza que le estaba dando. Y como mi vecinito se cubría, finalmente le sujetó por uno de sus brazos con la mano izquierda, levantándole casi en vilo del suelo, mientras que con la derecha descargaba sus zapatillazos, sin piedad, a diestro y siniestro.


Intentó incluso arrastrar a su hijo hasta el interior de la casa con la intención, supongo, de continuar con la paliza una vez dentro, porque el escándalo que se había formado era tremendo; pero le resultó imposible, por lo que siguió descargando su zapatilla, esta vez sí, en las nalgas y en los muslos del jovencito.


Casi le había dejado desnudo. Con tanto tira y afloja entre los dos, la camiseta se le había salido y estaba a punto de perderla, dejando al descubierto tan tierna espalda, que inmediatamente fue inundada de más y más zapatillazos, dejando la suela de la zapatilla su “sello” en varios lugares.


Pasó lo mismo con los pantalones cortos que llevaba, por lo que aquella zapatilla escribió su nombre en casi todas las zonas visibles de su cuerpo.


Antes de terminar con aquella tunda, Paquito ya estaba absolutamente rendido y tumbado por completo en el suelo. Ésa era la postura en la que más disfrutaba Angelines cuando te pegaba con la zapatilla. Se sentía poderosa y vencedora de una batalla más, en las que siempre jugaba con ventaja. Por eso descargó su habitual traca final. Una incontable cantidad de zapatillazos muy seguidos y muy duros en las nalgas de aquel dolorido niño.


En contra de todo pronóstico, cuando Angelines decidió que había terminado, se incorporó y con la zapatilla en la mano le ordenó a su hijo que se levantara y se colocara bien la ropa.


Mientras mi vecino obedecía a su madre, entre lágrimas y sollozos, como parecía tardar mucho, su madre le lanzaba algún que otro zapatillazo aislado, pero contundente, mientras le “animaba” a terminar de vestirse.


Finalmente, cuando paquito terminó de colocarse toda la ropa, su madre sacó un pañuelo del bolsillo de su delantal y se lo entregó para que se limpiara la cara de tantas lágrimas y algunas mucosidades que le habían brotado, aunque inmediatamente se lo quitó de las manos y fue ella misma la que le limpió la cara.


Acto seguido sacó las gafas y se las devolvió. Una vez hecho esto y manteniendo todavía la zapatilla en la mano, hizo algo que jamás hubiera esperado nadie. Le señaló las escaleras con la punta de la zapatilla y le dijo:


* ¡Ala, ya puedes irte a jugar otro rato!


La cara de asombro, si no de estupefacción de mi vecinito era digna de una película. Ni el mismo niño se creía lo que su madre le estaba diciendo.

Estaba acostumbrado a otra cosa. Esperaba lo habitual. Es decir, que le ordenase entrar en la casa y permanecer castigado el resto del día, pero en esta ocasión no sucedió lo esperado. Así, que antes de que su madre se arrepintiera de aquella decisión, se giró y tomó las escaleras hacia abajo, tan extrañado como dolorido aunque, todo hay que decirlo, algo más contento de lo que esperaba.


Cuando su hijo abandonó el rellano, Angelines lanzó su zapatilla al suelo, como con desprecio, con tal ímpetu que se giró, mostrado la suela, antes de calzársela.




La visión de aquella zapatilla con la suela volteada hacia arriba, del revés, me provocó una grandísima erección, excitado como estaba de haber presenciado tan estupenda paliza.


Mi vecina no se agachó, sino que extendió su pierna y con el mismo pie la hizo girar hasta colocarla en su posición natural y lo introdujo en su interior, acomodándolo con ligeros movimientos sinuosos. Se quitó el delantal, se colocó la falda y se desabrochó la blusa, introduciendo en ella una mano hasta alcanzarse los senos y sobarlos suavemente. Su cara se tornó viciosa, más bien lujuriosa y mientras se mordisqueaba sus propios labios se giró hacia su casa y se marchó, acariciándose también la entrepierna bajo la dulce música de unos suspiros muy sospechosos.


Cerró la puerta tras de sí y yo me quedé completamente hipnotizado.

Autor: José María Zapatilla.
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Modelo de zapatilla: Chloe Deva